jueves, 9 de julio de 2015

Las gafas del positivismo

Las dificultades y los conflictos que nos encontramos en nuestro día a día provocan que nuestra mente active pensamientos. Tales pensamientos, como ya he citado en varias ocasiones, provocan una reacción en nuestro sistema fisiológico. Si yo pienso "no voy a encontrar trabajo nunca", me encontraré además de angustiado con un posible dolor de cabeza, de estómago, inquieto... Si en lugar de ello, pienso "mi situación de desempleo es temporal, tarde o temprano encontraré trabajo y hasta que llegue ese momento haré lo que esté en mi mano para que mi oportunidad llegue cuanto antes", mi estado de ánimo será más positivo y enérgico.

Cuando tenemos un problema hablamos con nuestro amigo, pareja, hermano, madre... para compartir nuestras preocupaciones. Un ejercicio recomendable y saludable. Nos permite exteriorizar nuestros sentimientos, pensamientos, aquellas situaciones que hemos sufrido que nos cuesta digerir y obtener una visión más objetiva e incluso relativizada.

¡Eso sí! También tenemos que ser "buenos seleccionadores". No basta cualquiera, hay personas que aunque tengan buenas intenciones, son provocadores de mayor malestar, nos trasladan mayor ansiedad o simplemente podemos no sentirnos completamente comprendidos.

La vida la vemos con unas gafas determinadas. Unas gafas que nos acompañará siempre y en las que su graduación está influida por las experiencias del pasado, lo que nos ha dejado huella, lo que sabemos, nuestros temores, pensamientos. Unas gafas que a veces nos bloquea o por el contrario nos empuja a la acción.

A veces provocan que nuestra visión sea limitada, que no podamos ver con claridad de lejos, nuestro futuro, de cerca, nuestro presente. Que no veamos con claridad los campos laterales, las alternativas.


Cuando hablamos con esa persona para compartir nuestro problema nos gustaría quitarnos nuestras gafas, prestárselas y que así pueda experimentar cómo nos sentimos. Pero no es posible, por mucho que alguien sepa empatizar, solo sabemos nosotros exactamente cómo nos sentimos y cómo vivimos esa situación que nos entorpece.

No podemos prestar nuestras gafas, ni cambiarlas, pero sí que podemos modificar su graduación. Cada uno tenemos un potencial a desarrollar, podemos aprender a vivir nuestros problemas mejor, a gestionar nuestras emociones más favorablemente. Lo complicado es desaprender. Desaprender lo que nos han estado repitiendo una y otra vez cuando éramos pequeños, desaprender lo que nos decimos cuando estamos decaídos, nuestros patrones de conducta. Implica trabajo pero no es tarea imposible.

Frases como "es que yo soy así". "a mi edad ya no voy a cambiar", "que le voy a hacer", no sirven. Modificar nuestras gafas en ocasiones es difícil hacerlo por nuestra cuenta sin la ayuda de un profesional, un guía que nos acompañe. Una buena decisión. Que no te dé temor pedir ayuda. Es un paso valiente, no todo el mundo se atreve a exponer sus sentimientos y a conocerse mejor uno mismo.

Cambiar la graduación de tus gafas depende de ti ¡No lo olvides!

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